Suelen decir que las cosas pasan por una razón y la verdad es que la mayoría de las veces no sabemos exactamente cuál es hasta que no pasa mucho tiempo y miramos hacia atrás para unir los puntos.
Cuando nos sucede algo malo tendemos a caer en un pozo negro sin fondo y solemos perder las esperanzas por salir. Sobre todo cuando algo se acaba. No sé por qué pero pensamos que no habrá más futuro después de eso.
Sin embargo ahí está la razón que hace pasar las cosas para volvernos a encauzar en nuestro camino, en el de cada uno.
Por eso no hay que tener prisa por ver la luz, pero tampoco perder la ilusión. Hay, simplemente, que aprender a convivir con la oscuridad: hay que saber sufrir. Es una de las maneras de madurar y crecer. A veces hay que traga saliva, apretar los dientes y tirar para adelante, porque también hay que saber poner en práctica las palabras valentía y coraje.
Es inevitable hacerse la pregunta: “¿Qué hubiera pasado si…?”, pero la clave está en vivir el momento e intentar buscarle el lado positivo para así disfrutarlo al máximo.
Por eso no se debe planear, es mucho más emocionante ir dejándose sorprender por la vida. Cuando ese momento llega, toda la ilusión acumulada estalla y se desborda la pasión, porque ese instante suele venir acompañado de una persona especial que pone tu vida patas arriba. Y ese “especial” no significa otra cosa que “que merece realmente la pena”.