``Pregúntale a los pies de una bailarina de ballet qué precio tiene el aplauso. A los dedos de un pianista, a las manos de un batería, a la garganta de un cantante, al reconocimiento de un curista, al gesto imperturbable del mimo, a la mirada penetrante de la actriz, a las pelotas de papel del escritor, a la ropa manchada del pintor, al ojo del fotógrafo.
Las horas de sueño perdidas, las horas en vigilia, el rechazo constante, el ``tienes muchos pájaros en la cabeza´´, el ``de ilusiones no se come´´, el ``deja de perder el tiempo en tontería´´, el ``vas a ser un muerto de hambre´´. El abucheo, el martilleo de la crítica, la sala vacía, la cuenta vacía,... la cabeza llena.
Doblar turnos para poder ir a audiciones. Pedir días libres para poder dar conciertos, ¿de cabeza de cartel? no, de telonero como mucho. Ir a todos los lados para que expongan tus cuadros o fotos ¿en galerías o exposiciones? no, en bares como mucho.
El acostumbrarse al futuro incierto, a la subida de impuestos de la cultura, a vivir en un país donde no quieren tu oficio. No quieren que el escritor te de conocimiento, no quieren que el cantante te haga pensar, no quieren que la actriz les quite la careta, no quieren que el pintor pinte otra realidad, no quieren que el fotógrafo haga abrir los ojos.
Pregúntale a los pies de una bailarina de ballet qué precio tiene el aplauso, y te responderá que no tiene precio, pero que tiene la necesidad de desvivirse para contarlo.´´ Rayden
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